La dislipidemia es un trastorno metabólico que ocurre cuando tienes niveles anormales de grasas en la sangre. Puede presentarse como colesterol LDL elevado, triglicéridos altos, colesterol HDL bajo o una combinación de estas alteraciones.
Aunque no suele causar síntomas al inicio, sí puede aumentar el riesgo de enfermedades del corazón y de las arterias. Por eso es importante entender qué significa cada valor de tu perfil de lípidos y cuándo conviene evaluarlo.
Es un desequilibrio en los lípidos (grasas) presentes en tu sangre. Estas grasas no circulan libres: se transportan unidas a proteínas formando estructuras llamadas lipoproteínas, que permiten su distribución en el organismo.
Se considera dislipidemia cuando presentas:
Este desbalance favorece la formación de placas de grasa en las paredes de las arterias. Con el tiempo, estas placas pueden estrechar u obstruir el flujo sanguíneo.
La dislipidemia puede ser de origen genético o secundaria, cuando aparece asociada a condiciones como diabetes, obesidad, hipotiroidismo, enfermedad renal o hábitos de vida poco saludables.
El colesterol es una sustancia grasa que tu cuerpo necesita para funcionar. No todo el colesterol es dañino. De hecho, es fundamental para:
Tu hígado produce colesterol y también lo obtienes de los alimentos. El problema aparece cuando su concentración en sangre supera los niveles saludables.
En tu perfil de lípidos aparecen estos tres valores. Cada uno tiene una función distinta y un impacto diferente en tu riesgo cardiovascular.
El LDL (lipoproteína de baja densidad) transporta colesterol hacia los tejidos. Se le conoce como colesterol “malo” porque, cuando está elevado, puede depositarse en la pared de las arterias y formar acumulaciones de grasa.
Estas acumulaciones favorecen la aterosclerosis y aumentan el riesgo de infarto y accidente cerebrovascular.
El HDL (lipoproteína de alta densidad) cumple una función protectora. Retira colesterol sobrante de la sangre y de las arterias y lo lleva al hígado para su eliminación.
Por eso se considera colesterol “bueno”. Tener niveles adecuados de HDL se asocia con menor riesgo cardiovascular, aunque no compensa por completo un LDL elevado.
Los triglicéridos son el tipo más común de grasa en la sangre y funcionan como reserva de energía. Se forman a partir de las calorías que consumes y no utilizas de inmediato.
Tienden a elevarse cuando existe exceso de azúcares, harinas refinadas, alcohol o consumo calórico elevado. También son frecuentes en el sobrepeso y en la diabetes mal controlada. Cuando están altos, contribuyen al riesgo cardiovascular y, en niveles muy elevados, pueden causar pancreatitis.
Los tipos se nombran según qué valor está alterado en tu estudio de sangre:
Estas alteraciones se detectan con un análisis de sangre llamado perfil de lípidos, que mide colesterol total, LDL, HDL y triglicéridos.
En algunos casos también se calcula el colesterol no-HDL, que agrupa las fracciones más relacionadas con el desarrollo de enfermedad cardiovascular.
Realizar este estudio de forma periódica permite identificarlas a tiempo y tratarlas antes de que generen complicaciones.
Además, mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física de manera regular y evitar el consumo excesivo de azúcares y grasas saturadas ayuda a mantener estos niveles dentro de un rango saludable.
Si en tus estudios aparecen valores fuera de rango, es importante acudir con tu médico, realizar controles periódicos y seguir las recomendaciones indicadas.
En el Centro de Investigación y Gastroenterología (CIG) participamos en estudios clínicos enfocados en el manejo integral de trastornos metabólicos, contribuyendo al desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas. Si presentas antecedentes familiares o resultados alterados en tu perfil de lípidos, puedes acercarte a nuestro equipo para recibir información sobre los estudios clínicos activos y opciones de seguimiento especializado.
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